Ecuador: subida a volcán Chimborazo y tren de Alausi

En tan solo unas horas de manejo, pasamos de la verde y salvaje amazonia a la montaña, con la esperanza de ver despejado el volcán Chimborazo. Así de pequeño y mágico es Ecuador. No solo la vegetación cambia bruscamente: el clima húmedo es reemplazado por un frío penetrante y un viento que te vuela. Reaparecen las llamas y alpacas correteando a nuestro lado y el escenario que vemos a través del vidrio de la camioneta es un fondo de Windows. Nos detuvimos a almorzar a un lado de la ruta con vista al volcán semi tapado por nubes.

Tiempo de almuerzo
Los burros tampoco podían faltar en la vera del camino

Al llegar a la entrada del parque nacional nos dijeron que el camino hasta el refugio consistía en 7 km de ripio, llegando a 4800msnm. No tardamos en comprobar ambas cosas: efectivamente el camino era de un ripio bastante destruido que nos hizo tambalear el Camper para todos lados, y que estábamos ALTO, pues apenas alcanzamos algo de altura Luli se queda dormida y esa no fue la excepción.

Ya para entonces el volcán tenía sus características nubes revoloteando en su pico. Desde el refugio se puede ascender a pie unos 40 minutos, pero no le encontramos sentido a realizar semejante esfuerzo sin tener buena visibilidad. Optamos por quedarnos calentitos dentro del Camper, con la esperanza de que el volcán se despejara en algún momento. Cada cinco minutos mirábamos por la ventana con la esperanza de ver algo más que nubes. Pero no fue hasta como una hora más tarde que Martín gritó “El volcán!” El volcán había esperado a que se fueran todos los turistas para hacernos un show privado. Había esperado al atardecer para jugar con la luz y crear una combinación de colores únicos para nuestros ojos. Como locos, sacabamos fotos para todos lados.  Estuvimos extasiados hasta que culminó el espectáculo y nos dimos cuenta de que ya era de noche. Regresar a oscuras por el camino de ripio con precipicio a los costados era una locura. Nos tocó dormir a 4800m, experiencia que definitivamente no recomendamos. El dolor de cabeza era intenso. Dormimos sin dormir.

A la mañana siguiente, transcurrida la peor noche de nuestras vidas, dimos por finalizado el Volcán Chimborazo. Lo único que deseábamos era bajar lo antes posible y así lo hicimos. Y como por arte de magia, al bajar varios metros el dolor de cabeza y el malestar general desaparecieron.

Antes de manejar hacia Alausí, volvimos a almorzar hornado, nuestro plato favorito de Ecuador.

Un nuevo transporte al viaje

Camper, autos alquilados, buses, subtes, lanchas, botes, techos de camiones, contenedores…nos faltaba el tren.

Alausí es un pintoresco pueblo quedado en el tiempo.  Su ubicación entre montañas y su arquitectura colonial hacen que caminar por sus calles sea un placer. Varias indígenas con sus trajes típicos llevando mercadería o yendo a comprar algo al pueblo. Pero es su turístico trayecto en tren el motivo por el cual muchas personas de todo el mundo optan por este destino. Esta obra de ingeniería de principios del Siglo XX por las pendientes laderas de la sierra ecuatoriana es aclamada hasta hoy en día. Conectar Quito con Guayaquil en tren sin duda fue un desafió.

Por lo que al llegar al pueblo, lo primero que hicimos fue reservar los boletos para el día siguiente. “La nariz del Diablo” nos pareció un viaje muy turístico en el que todo está armado: te recibirá una comunidad bailando con sus trajes “típicos” y habrán viejitos pidiendo dinero a cambio de una foto con una llama lookeada. Pero el paisaje que te acompaña a lo largo del trayecto es sin duda encantador (debe variar acorde a la época del año).

Luego del paseo en tren y tras visitar el mercado callejero local dominguero y enamorarnos de la fruta Chirimoya, Luli tenía algo pendiente. La historia es la siguiente:

Hacía 6 años que Luli había viajado a Ecuador con sus amigas por dos semanas. Se habían tomado un micro de 5 horas desde Cuenca a Alausí solamente para viajar en el famoso tren. Pero al llegar, se desayunaron la sorpresa de que ese día el tren no salía. Decidieron hacer el trayecto caminando por las vías. Luego de horas de andar y andar, pegaron la vuelta, pero un diluvio las hizo regresar empapadas y congeladas. Fue entonces cuando conocieron a Lorena y Diego, una adorable pareja de Alausí, dueños del restaurante más antiguo del pueblo: El Mesón del Tren. En escasas horas, ellos les abrieron sus corazones, les prepararon chocolates calientes, y secaron sus ropas en una secadora. Gracias a ellos el frío se fue y pudieron regresar a Cuenca secas, calentitas y con una sonrisa. “A mi hija también le gusta viajar, y cuando está de viaje yo espero que la gente la trate de esta forma” dijo Lorena.

No importaba que 6 años hayan pasado. Tampoco importaba la mala orientación de Luli. Como dijimos previamente: Alausí está detenido en el tiempo. Bastó con dejarse llevar y caminar sus calles para llegar como imán al Mesón del Tren. Y al ingresar, ahí estaban Lorena y Diego, igualitos a como Luli los recordaba. “Hola, no sé si se acordarán! Ustedes me ayudaron a mí y a mis amigas…”. No terminó la frase, ya estaba recibiendo abrazos y cariño.

Lo que iba a ser una breve visita a Alausí, terminaron siendo días de charlas, comilonas, risas, en las cocinas del Mesón. Martín y Lorena se la pasaron cocinando e intercambiando recetas. Escuchar las historias de Diego pasó a ser nuestra actividad favorita. Porque Lorena y Diego son ese tipo de personas que siempre dan. Dan y dan sin esperar nada a cambio.

Hasta la próxima amigos!

Por eso es que nos encanta viajar. Porque podemos conocer volcanes, lagunas espectaculares, ver anacondas y caimanes, pero de lo que más disfrutamos en esta aventura es de conocer gente buena, siempre dispuesta a ayudar y compartir. Gente de este tipo se puede encontrar en todos los países, independientemente de la cultura, color, clase social. Y esta gente es la que hace que valga la pena vivir y descubrir el mundo.

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