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Colombia: del norte al este

Colombia Blog parte 4

Encima de que veníamos con la cabeza gacha como consecuencia del robo en Santa Marta, los siguientes días no iban a ser muy entretenidos. Fuéramos a donde fuéramos, teníamos que manejar dos días hasta el próximo destino de nuestro interés. Nos habíamos desacostumbrado a conducir tantas horas seguidas porque en Centroamérica las distancias eran muy cortas. Pero Sudamérica era otro tema.

Camino al cielo

Luego de curvas, contra curvas y algo de abismo, llegamos a Los Estoraques, formaciones rocosas muy interesantes que se encuentran junto al pueblo “La Playa de Belén” que de playa no tiene nada. Fue el lugar perfecto para practicar manejar el drone por su amplitud y escases de árboles. Recorrimos todos los senderos de la zona con vistas panorámicas a las columnas rocosas, y más tarde volvimos al pueblo estacionando el Camper en un restaurant con amplio jardín.

El pueblo colonial era bastante pintoresco, todo color blanco y con calles adoquinadas. Sin embargo, la gente nos resultó un poco seca, lejos de lo que uno espera de un pueblo colombiano. Esa misma noche había una “gran” fiesta en la plaza principal, en la que pensábamos que cambiaríamos nuestra opinión respecto a la población local. Pero a pesar de la música en vivo, la comida y el aguardiente no ayudaron mucho. Nuestros intentos de mantener conversación con la gente no resultaron. Su interacción se basó en miles de miradas posadas ante nosotros durante toda la noche.

Improvisado picnic con vista al pueblo Playa de Belen

Nos divertimos bailando el típico ritmo “ballenato” en vivo, con nuestro estilo propio, mezcla de salsa con cuarteto. Las miradas hacia nosotros incrementaron, y logramos que una pareja se nos acercara para ofrecernos aguardiente (alcohol a base de caña). Al rato la misma pareja se nos volvió a acercar con los shots recargados, siendo imposible no terminar la noche de manera alegre. Otra pequeña interacción que logramos, fue cuando un joven la sacó a bailar a Luli, y explicó tímidamente que no podía creer estar bailando con una argentina. En cuanto a la comida: algún brochette de cerdo sabroso, salchichas, hamburguesas y una bandeja con distintos tipos de carnes fritas que incluía chorizo, morcilla colombiana (con arroz) y vaya uno a saber que más. Ideal para vegetarianos! Todo tenía mucha pinta pero terminó siendo la peor comida del viaje, todo demasiado seco. Decidimos dar por finalizada nuestra noche, preguntándonos donde estarían los simpáticos colombianos de los que tanto nos habían hablado los viajeros.

Típica postal de las carreteras colombianas

Otra vez nos tocaba manejar un buen tramo, comenzando por una ruta zigzagueante y llena de camiones a los que pasar. Para nuestra sorpresa, ese trayecto fue aún más lento de lo pensado debido a un desplazamiento de tierra ocasionado por las fuertes lluvias. Fue nuestra primer larga espera en fila de varios kilómetros.

Continuamos hasta el famoso y colonial pueblito de Barichara, considerado el más bonito de Colombia. Fue un placer caminarlo a pesar de sus pendientes.

Martín pudo festejar la victoria de River sobre Boca en un bar lleno de pueblerinos que no comprendian mucho su pasión, mientras Luli intentaba vender artesanías en la plaza principal.

En el pueblo nos quedamos un par de noches, disfrutando del ambiente tranquilo y seguro, las vistas panorámicas al valle, y las cálidas cafeterías.

Jugando con el drone ante tremendo precipicio
Este peculiar cementerio tiene tallado en piedra los pasatiempos de los fallecidos. Ven la pelota de futbol o la guitarra?
Pendientes de Barichara

También realizamos la entretenida caminata al pueblo vecino “Guane”, donde comimos cabrito y visitamos el museo arqueológico que cuenta con una buena colección de fósiles de la zona, que miles de años atrás no era nada más que mar. Probamos el sabroso Sabajon, bebida local tipo baileys aunque con poco alcohol.

Nuestra última noche por esta zona la pasamos en un Camping en las afueras de Barichara, donde compartimos momentos junto a otros viajeros y con los simpáticos dueños del lugar (que nos enseñaron a preparar un exquisito pan casero).

Arriba, overlanders de Australia. Varios años viajando, dos veces han estado en Argentina en su travesía por Sudamérica. Abajo, pareja de jubilados suizos.

Ahí conocimos a Kyle y Jimena (Southbyvan), una pareja de Estados Unidos (aunque ella es nacida en Argentina) con la que continuamos viaje juntos por unas semanas. Ellos manejan una combi Mitsubishi Delica con volante en la derecha, y disfrutan de la compañía del tercer tripulante: Georgie, su perra muy juguetona.
Nuestro primer destino fue las Gachas, un río con extraños pozos naturales circulares donde uno puede ingresar y relajarse en medio de un amplio paisaje de colinas verdes, con la cordillera de los andes como testigo. Lamentablemente, el rio estaba un poco seco y sus aguas turbias, por lo que no era tan agradable nadar.

Pero la visita a este sitio valió la pena ya que tomamos uno de los mejores frapuccinos hasta el momento. El café utilizado de muy buena calidad, y eran tan grandes que hasta reemplazaron el almuerzo.

Los frapuccinos más ricos y super grandes. Nos arrepentimos de no comprar más del café para llevar!

Continuamos con la seguidilla de pueblitos coloniales y llegamos a Villa Leyva que inmediatamente nos encantó. Quizás por su cercanía a Bogotá, se nota que está más preparado para el turismo, con lo bueno y malo que eso implica. La mayoría de las fachadas son hoteles, restaurantes o casa de recuerdos, disminuyendo su autenticidad.

Sin embargo, el mercado de frutas y verduras de los sábados nos devolvió la “localía”.

Una anécdota graciosa sucedió cuando quisimos entrar al camper una vez que atravesamos el centro de Villa Leyva todo adoquinado. La puerta no abría! Pensamos que se había roto la cerradura pero no: la traba interna tipo “pasador” se había cerrado con tantas vibraciones. No podíamos entrar a nuestra propia casa! Pensamos en romper una ventana, forzar la puerta, hasta que a Martín se le ocurrió decirle a un niño que ingrese por el compartimiento de las baterías (quitándolas previamente). Por suerte Jimena se las arregló para “abrir” la traba sin necesidad de ninguna intervención infantil aunque sí hubiera sido una historia más divertida para contar!

Visitamos la “Casa Terracota”, en cuya construcción se necesitaron 400 toneladas de barro y se horneó como si fuera una artesanía. Nos encantó recorrerla y apreciar cada detalle estilo “Gaudí” (arquitecto catalán) predominando figuras de insectos y naturaleza.

A unos cuantos kilómetros de Villa Leyva se encuentra el senderismo “Paso del Angel”, al cual nos vimos arrastrados por su famoso trayecto corto que se caracteriza por su estrechez. Nuestro drone tomó protagonismo y se lució con muy buenas tomas aéreas de esa zona montañosa, con muchas lomadas y precipicios. Sinceramente maravilloso!

Continuamos hacia el Lago Tota junto a SouthByVan y unos mochileros alemanes que llevamos con nosotros, con la esperanza de poder pescar truchas y nadar en sus aguas. Pero lamentablemente la lluvia, el viento y un frío extremo nos ahuyentaron rápidamente hacia el pueblo Isa, famoso por sus postres de diferentes sabores. Ahí, paramos en el terreno de unas cabañas con excelente vista a las sierras. Como estábamos antojados de las truchas que no pudimos pescar, terminamos comprándolas y cocinándolas al carbón junto con unas exquisitas papas criollas (como pelotitas de golf).

Recuerdo del lago Tota. Con Kyle y Jimena más los mochileros alemanes Dani y Babsi
Trucha a la parrilla “al chimichurri” por Martín y Kyle

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