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Guajira: belleza en el punto más al norte de Sudamérica

Blog Colombia Segunda Parte

El dilema de manejar o no hasta la remota Guajira colombiana nos dominó hasta último momento. El mal estado de las carreteras y posibles asaltos, eran algunos de los motivos que nos frenaban ante esta posible aventura. Pero otro lado, no podíamos quedarnos sin visitar el punto más nórdico de América del Sur, donde el desierto dorado se encuentra con el caribe turquesa.

Manejamos primero hasta Riohacha, capital del estado, en donde disfrutamos de uno de los mejores almuerzos en Colombia (sabroso y tierno chivo en salsa con especies secretas que la cocinera no reveló), para luego continuar hasta Cabo de la Vela. Estábamos preparados para cualquier tipo de inconveniente en caso de asalto: teníamos bien a mano un celular viejo, una defectuosa GoPro y una billetera falsa. Además, sabíamos que el territorio pertenecía a la comunidad Wayúu, tribu que mantiene bastantes de sus tradiciones ya que nunca llegó a ser conquistada por los españoles. Los niños de esta comunidad tienen la costumbre de levantar una cuerda desde cada extremo de la carretera para hacer frenar a los autos y así pedir dulces o  galletas. La zona es muy desértica por lo que habíamos hecho una parada previa en el supermercado para abastecernos de estos productos.

Siendo las 3 de la tarde, y quedando más de dos horas de manejo por delante, dudamos en continuar o pasar la noche en un pueblo y llegar a destino por la mañana siguiente. Pero todos los riesgos a los que nos enfrentábamos no eran suficientes para nosotros. Decidimos agregar uno más: el tiempo. Ahora teníamos que manejar a velocidad constante y sin parar para llegar a Cabo de la Vela antes de que anochezca.

Camino a Cabo de la Vela
Las casas de materiales precarios marcan la necesidad de la comunidad en esta región extrema

En vez de ir por el camino más rápido, tomamos una alternativa más larga pero que se suponía que estaba en mejores condiciones. Sin embargo, nuestro Camper nunca se tambaleó tanto como en este trayecto: entre el camper golpeando contra la caja de la camioneta, más todos los ruidos de las cosas que se iban cayendo dentro del camper, éramos un sonajero andante. Ya una vez alejados de la carretera principal, estábamos en pleno desierto, alejados de todas las motos y libres de cualquier tipo de asalto. Pero el tiempo corría, y la oscuridad se acercaba. Durante el atardecer, Martín no estaba pudiendo manejar por tener el sol de frente, y decidimos bajarnos para limpiar el ya polvoriento parabrisas. En ese momento, aparecieron de la mismísima nada tres niños que comenzaron a pedirnos dulces. Se empezaron a multiplicar, aparecían cual generación espontánea: ocho, diez, hasta quince podrían haber sido. Cada uno de ellos rogándonos galletas y luego AGUA, algo que nos llamó la atención al comienzo, hasta recordar que nos encontrábamos en el desierto. Les dimos lo que querían y rápidamente subimos a la camioneta para continuar, pues cada vez pedían todo lo que estaba a su vista.

Terminamos llegando de noche y estacionamos en “Ojo de Agua”, donde estaba parando Alexis, viajero que habíamos conocido en Panamá. Bajamos de la camioneta dispuestos a disfrutar de la paz que emanaba este sitio natural ubicado literalmente “en el medio de la nada” pero nos llevamos una gran sorpresa al abrir la puerta del camper y encontrarnos en el piso no solamente las miles de cosas que suelen caerse al manejar, sino también la heladera. “Martín!!! LA HELADERA SE CAYÓ Y ESTÁ EN EL PISO!!!”. Enchufamos los cables que se habían desconectado: no prendía. Se habría roto por el fuerte golpe? Intentamos relajarnos y pensar. Pudimos notar que el fusil correspondiente había saltado, por lo que decidimos reemplazarlo por uno nuevo. Afortunadamente nuestra querida heladera resucitó. Nos volvió el alma al cuerpo.

Todo el esfuerzo en llegar hasta este lugar valió la pena. Pasamos las tres noches más estrelladas de nuestras vidas. Al ver TANTAS estrellas, cuesta creer que es el mismo cielo el que vemos en Buenos Aires y en el resto del mundo. Este sitio es de otro planeta. Al despertarnos por la mañana con lo primero que nos encontrábamos era una playa infinita, completamente libre de seres humanos.

El camper disfrutando de la galaxia

Los únicos vecinos que nos acompañaban durante toda la tarde eran los pelícanos que se la pasaban pescando. Ver a estos pájaros volar en el paraíso que nos rodeaba nos transmitía la mayor sensación de libertad de nuestras vidas.

Flamencos todo el día pescando

Una mañana, explorando el territorio, Martín bajó por un acantilado y tras nadar unos metros, descubrió una redonda piscina natural formada por piedras en la que el agua del mar entraba desbordando con mucha fuerza y a continuación se volvía a ir. Decidió que esa increíble piscina era “su lugar en el mundo” y la llamó “El jacuzzi de Martín”. (Los videos de este lugar los perdimos cuando nos robaron la computadora: más detalles en el próximo post).

Martín en su jacuzzi exclusivo en medio del paraíso.

Una mañana nuestro amigo Alexis salió a pescar con un arpón y regresó con una langosta y dos pescados, que muy amablemente compartió con nosotros. Estas presas se convirtieron en una deliciosa paella de pescado, y en unas pastas azafranadas con langosta y crema.

Pero hay algo que hizo que nuestra visita a la Guajira sea tan especial. Desde el primer día tuvimos la oportunidad de acercarnos a Ángelo, un niño Wayúu de 14 años cuya familia paterna vivía a pocos metros de donde estábamos estacionados. Nos conquistó con su simpatía y su cariñosa mirada que transmitía autenticidad y transparencia. Nos la pasamos charlando y disfrutando de cada momento junto a él. Uno de esos días íbamos a ir al Pilón de Azúcar, otra playa ubicada a pocos kilómetros de donde estábamos parando, y Ángelo nos pidió que lo lleváramos con nosotros. Luego de varias horas de caminata explorando los alrededores, al regresar al camper se presentó frente a nuestros ojos la escena que nos dejaría pensando: dos niños Wayúu se acercaron a preguntarle a Ángelo cuanto le estábamos pagando. Con timidez, respondió que no le estábamos pagando, que él no era nuestro guía. Que nosotros éramos sus amigos. Y he aquí la cuestión de todo: los dos niños se quedaron perplejos, sin poder entender del todo lo que Ángelo acababa de decirles. Amigos? Era eso posible? Una pareja de turistas argentinos amigos de Ángelo, un joven Wayúu que no buscaba ni dulces, ni galletas, tan solo compañía y diversión? Nos alegra poder responder todas estas preguntas: sí, él era nuestro amigo, una amistad completamente desinteresada por ambos lados. Y todo lo que compartimos con él quedará en nuestras memorias para siempre.

Con nuestro amiguito Ángelo, disfrutando la vista de la playa desde el Pilón de Azúcar, una montaña con mucho viento! También fue su primer visita!
Foto aérea desde nuestro drone – Pilón de Azúcar

Nos costó dejar La Guajira, este increíble destino perdido en Colombia. Pero nos fuimos felices: con energías renovadas, ricos en anécdotas y además con un nuevo amigo.

 

3 thoughts on “Guajira: belleza en el punto más al norte de Sudamérica”

  1. Hi Martin and Lulu, I’m enjoying your blog so much, now that I’ve got it in English! When you see it Liked by Windhoversite, Windhover is the name of our sailboat. I’m so glad we got to visit with you, even though your misfortune happened near us.

    The Windhoversite only has one picture on it!

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